Santa Cecilia
Todo empieza y acaba en Clapton
He vuelto a comprar CDs. Échale la culpa a la corriente de nostalgia por los 2000, pero encuentro cierto confort en el acto de colocar un disco en la mini cadena y dejar que la música invada la casa mientras me hago un té, mientras friego, mientras paso la mopa, mientras miro al techo. Quizá los vinilos son más vistosos, pero los discos son más baratos, más prácticos y más familiares. La colección de vinilos de casa siempre ha sido cosa tuya.
En realidad, mi educación musical ha estado también en tus manos. Mientras en la mayoría de hogares españoles sonaban Estopa y Amaral, a mí me tocó un padre que decidió instruirme en Jimi Hendrix, Queen y Puccini. Antes de que yo supiera hablar, ya me habíais comprado el disco recopilación de Los Payasos de la Tele, un álbum de Mozart para niños y el disco de Disney de OT1, que gobernaron la guantera del coche hasta que compramos otro. En mi primer mp3 me descargaste la discografía de Rihanna y Lady Gaga, porque también sentías debilidad por las divas del pop, y en el pen drive que me regalaste con música pirateada volcaste toda la discografía de U2. Sospecho, incluso, que la idea de apuntarme a clases de música fue en parte para paliar la decepción de que tus padres no te dejasen ir al conservatorio.
Yo crecí con la música como un miembro más de la casa. Hacía los deberes de solfeo en el piso nuevo a medio amueblar. El trayecto al patronato fue la primera ruta que aprendí a hacer sola, aunque la mamá me recogía por las noches. Estudiaba flauta y piano, pero nunca me enseñaste a tocar la guitarra. Eso también lo hice por mi cuenta.
Luego entré a la universidad y le cogí el gusto al indie, pero tú seguías en tus trece de ponerme conciertos de Eric Clapton en la tele. Yo fingía que me interesaba durante un rato y luego me metía en tu habitación, te robaba la acústica (porque la eléctrica era intocable, claro) y aprendía a tocar canciones de Vetusta Morla. Tú apenas tocabas ya, pero cambiabas las cuerdas religiosamente siempre que podías.
La última vez que fui a verte me había hecho un mullet y me dijiste que parecía Janis Joplin. Me gustó la referencia. Por entonces ya había empezado a viciarme a Fleetwood Mac y te pedí una selección de canciones que todavía guardo. Añadiste Gypsy y Tusk, pero te faltaron Silver Springs, Gold Dust Woman y Emerald Eyes. Esas las descubrí yo.
Me contabas anécdotas y leyendas urbanas de los grupos como si estuvieras preparando una tesis, porque llevabas la didáctica como sangre en vena. Me escribiste varias veces la historia completa del origen de Layla, y seguramente por eso, y porque la tuviste un tiempo de tono de llamada, yo pasé un año sin poder escucharla después de enterrarte. Ese año ya me estaba creciendo el pelo y mi artista más escuchado fueron los Beatles, pero no me dio tiempo a decirte que mi favorito es George Harrison. Tampoco pudimos hablar del biopic de Bob Dylan y de cómo ha conseguido que me dé por el folk. Quizá, si hubieses estado, me habría animado a pelearme por las entradas de Oasis.
Es irónico que lo último que supe de ti fuese una canción. Ya llevabas un tiempo que te habías aficionado a hacer noches temáticas en tus historias de Whatsapp, algo así como si tuvieras una sección en la radio, donde compartías vídeos y vídeos de Youtube de diferentes artistas bajo una temática distinta cada día. El 17 de marzo me mandaste una selección de Harry Connick Jr. en directo que nunca llegué a abrir, porque me pillaste liada y no había manera de saber que tendrías un infarto una semana después. Tres años después me atreví a poner la última que mandaste: Recipe for Love. Me puse a llorar, claro.
El 11 de febrero me dijiste que el primer disco que te compraste en tu vida fue Just One Night de Eric Clapton. Me lo contaste tras recibir el disco de Layla And Other Assorted Love Songs. Dijiste que ya no pensabas comprar más, que con las plataformas gratuitas ya no tenía sentido. Dijiste «pero todo empieza y acaba en Clapton y en el blues».
Yo compro CDs porque todo empezó contigo, papá.




Los padres que nos dejan un legado de buenos conocimientos musicales son un tesoro del que no tanta gente puede presumir. Se me ha puesto la piel de gallina con tu texto, es un homenaje precioso. Un abrazo fuerte.
Me encantó !!! :)